-Mamá,
te has pasado, me has resuelto todo. –agradecí.
-No iba
a dejar que limpiaras y todo tu sola, ¿no?
-No,
claro que no, muchas gracias. ¿Qué haces?
-Estoy
corrigiendo unos exámenes para esta tarde ¿y tú? –No supe qué responder, no
quería decirle que iba en el coche de un chico que acababa de conocer.
-¿Yo?
Yo… estoy haciendo las compras, algo para almorzar, sábanas, toallas… cosas
básicas.
-¿Te
adaptas bien a hacer todo tu sola? -¿Yo sola? Jajaja si claro.
-Si,
pensé que sería mas difícil hacerlo todo sola, pero resulta hasta divertido.
–miré a Dani y estaba sonriendo, aguantando la risa, estuvo a punto de soltar
una carcajada cuando rápidamente le puse la mano en la boca, y abrí mis ojos lo
mas que pude.
-Pues
me alegro que todo te vaya bien. Te tengo que dejar, que tengo que comer para
irme.
-Gracias
mamá, por todo, esta noche te llamo. Te quiero, Adiós. –me despedí rápidamente
antes de que Dani se riera.
Le
quité la mano de la boca y reí.
-Perdón,
no podía aguantar. Que buenos reflejos tienes… -rió
-No
dejaba de mirarte por lo mismo, sabía que tarde o temprano te reirías.
-¿Por
qué le has mentido?
-No le
he mentido, he omitido información innecesaria. –Rectifiqué.
-¿Soy
información innecesaria? –dijo fingiendo dolor, llevándose la mano al pecho, yo
reí.
-Imagínate
la situación: ¿Cómo te tomarías que tu hija esté sola en otro país y te diga
que va en el coche de un chico que acaba de conocer?
-Vale,
tienes razón, pero yo no te voy a hacer daño, Elizabeth, de verdad.
-Lyz,
llámame Lyz. Ya lo se, yo me fío de ti, te empiezo a conocer, pero ella no sabe
nada de ti.
-¿Lyz?
Que bonito.
-Gracias.
Oye antes de llegar a casa, paremos a comer, que tengo hambre.
-Claro,
¿Qué has desayunado que ya tienes hambre? – me quedé mirándole. - ¿No has
desayunado?
-Has
estado en mi casa, no tengo nevera. –Reí.
-¿Tampoco
cenaste?
-No,
estaba muy nerviosa.
-Gracias
a que tu madre, te resolvió la limpieza, sino no duras nada. –Bromeó.
~ Narra
Dani ~
No se
cómo esta chica ha conseguido sobrevivir sin cenar ni desayunar, yo ya hubiera
caído KO, así que la llevé a almorzar a mi restaurante favorito. Llegamos y
comimos.
-Camarero,
la cuenta por favor. –le avisé.
-Son 30
euros. – Saqué la cartera y la tarjeta.
-¿Qué
haces? Pago yo, te mereces que te invite. –me interrumpió.
-De eso
nada, yo invito, que tu hoy has gastado mucho y tú madre se va a mosquear.
-Pero
tú me has llevado a todos sitios, de verdad, déjame pagar.
-No, me
niego. Camarero, tome.
-Bueno,
pues voy al baño, nos vemos en la salida.
-Vale.
Lyz
desapareció de mi vista y a los minutos se acercó el camarero.
-Lo
siento, caballero, la tarjeta no le pasa, puede que esté mal o haya sobrepasado
el límite.
-Imposible,
acabo de repostar con ella.
-Lo
siento. – En ese preciso instante, llegó Lyz, la vergüenza me podía.
-¿Qué
te pasa?, estás rojo. –preguntó.
-Es que…
no lo entiendo, acabamos de echar gasolina y pagué con la tarjeta y ahora… no
me pasa. –dije agachando la cabeza avergonzado. Ella miró al camarero y sacó su
tarjeta.
-Tome.
– el camarero se fue y ella me miró.
-Gracias.
-No
pasa nada, eso es porque tenía que invitar yo, ya te lo dije. –Nos reímos y nos
fuimos andando hasta la salida.
-Ya
invitarás tú otro día. –me dijo riendo.
-Así
que… ¿va a haber otro día? – le dije levantando las cejas. Ella se rió
-Claro,
aun me quedan muebles por comprar… -bromeó mientras se subía al coche.
Llegamos
a su casa. Entramos, estaba irreconocible, no había telas de araña, ni polvo,
ni pisos sucios. Era hora de ponerse a pintar, sólo eran las 4.
-¿Pintamos?
–le dije.
-¿Ahora?
Que va, es muy tarde ya…
-Vaga,
son las 4, pintamos las habitaciones que no vayas a usar ni hoy ni mañana, y
mañana esas ya están secas, rodamos las cajas y pintamos lo que nos quede, en
cuatro días tenemos esto pintado y amueblado.
-Espera,
Manny Manitas, ¿quieres volver mañana?
-¿Eso
es lo único que has pillado?
-Más o
menos. –se rió. – primero colocamos la compra, ¿no? La nevera llegará esta
tarde.
-Colocala
tú en lo que yo preparo la pintura ¿vale?
-Si,
claro, ¿empezamos por arriba? A mi no me importa dormir otra noche aquí.
-Yo
creo que es mejor hacer la entrada, el salón, la habitación del piano y ya
luego vemos.
-Me
parece bien, tú eres el que sabe. –se rió y se fue a la cocina.
Me
quedé mirándola, me sentía bien con ella, aunque estuviera trabajando muy duro,
no me quería marchar de allí, se quedaría sola. Cuando me hablaba me hacía
mucha gracia, tenía un gran acento inglés que disminuía a medida que pasaban
las horas, la miraba a los ojos y me llenaba de ternura, esos ojos marrones
verdosos indescriptibles llenos de brillo me resultaban de lo más llamativo, y
su sonrisa iluminaba la habitación era muy bonita y tenía una risa muy
contagiosa. Bueno es hora de ponerse a trabajar. Me sonó el móvil. Eran mis
amigos.
-¿Si?
-Oye,
¿Dónde estás? Llevamos todo el día sin saber de ti.
-Estoy
ocupado. Resolviendo unos asuntos. –No quería dar explicaciones.
-Dani,
ya estoy, ¿por dónde empezamos? –Salió de la cocina- Uy, perdón – se echó la
mano a la boca cuando me vio hablando por teléfono. Me di la vuelta y seguí
hablando.
-¿Quién
es? ¿Estás con una chica? No nos habías dicho nada. – se sorprendieron
-Es una
amiga, no la conocéis… -dije avergonzado.
-¿Para
qué está preparada, pillin? Adelántanos, ¿por dónde vais a empezar? –Bromeaban.
-Sois
gilipollas, ¿lo sabíais? Ya hablaremos de esto. –les colgué.
-Perdón,
no sabía que hablabas por teléfono.
-No
pasa nada. Son unos amigos un poco gilipollas que tengo. –le sonreí, se rió.
-Bueno,
¿por dónde empezamos?
-¿Te
parece bien la sala del piano?
-Claro,
¿lo sacamos al recibidor, no?
-Si, y
pondremos el plástico en el suelo, para no manchar nada.
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